EQUIPOS DOCENTES

No hay que empezar siempre por la noción primera de las cosas que se estudian, sino por aquello que puede facilitar el aprendizaje." Aristóteles

Había una vez un leñador que se presentó en una maderera. El sueldo era bueno y las condiciones de trabajo mejores aún, así que el leñador se propuso hacer un buen papel.

El primer día se presentó al capataz, que le dio un hacha y le asignó una zona del bosque. El hombre, entusiasmado, salió al bosque a talar. En un solo día cortó dieciocho árboles. —Te felicito—le dijo el capataz—. Sigue así. Animado por las palabras del capataz, el leñador se decidió a mejorar su propio trabajo al día siguiente.

Así que esa noche se acostó bien  temprano. A la mañana siguiente, se levantó antes que nadie y se fue al bosque. A pesar de todo su empeño, no consiguió cortar más que quince árboles. —Debo estar cansado—  pensó. Y decidió acostarse con la puesta de sol.

Al amanecer, se levantó decidido a batir su marca de dieciocho árboles. Sin embargo, ese día no llegó ni a la mitad. Al día siguiente fueron siete, luego cinco, y el último día estuvo toda la tarde tratando de talar su segundo árbol. Inquieto por lo que diría el capataz, el leñador fue a contarle lo que le estaba pasando y a jurarle y perjurarle que se estaba esforzando hasta los límites del desfallecimiento. El capataz le preguntó: «¿Cuándo afilaste tu hacha por última vez?». —¿Afilar? No he tenido tiempo para afilar: he estado demasiado ocupado talando árboles.

Jorge Bucay (Déjame que te cuente).

 

Educar es mucho más que enseñar cosas. Es enseñar a vivir. Acompañar al niño en su camino de crecimiento, respetando sus ritmos y libertad. Sólo cuando actuamos con amor y por amor, los educadores conseguimos ganarnos la confianza de los educandos, algo esencial para que nuestra labor educativa sea realmente efectiva.

Hay un gran porcentaje de lo que el maestro transmite que no pertenece a la materia que imparte. Son esas cosas que enseña sin saber que las está enseñando y que se descubren en su manera de tratar a los alumnos, en su tono de voz; sus gestos, su mirada, las palabras que usa y su comportamiento fuera y dentro del aula. Todo esto depende en gran medida de las respuestas que el maestro haya dado a las grandes preguntas de su vida. Desde ahí se comunica una actitud vital.

A menudo surgen herramientas , cursos, y metodologías que mejoran y complementan nuestra acción educativa. Sin desdeñar el valor que aportan todas estas novedades a nuestra tarea, nos sorprendemos en un momento de nuestra vida, esforzándonos, dejándonos la piel, luchando, cansándonos por hacer nuestro trabajo lo mejor posible, por sacar adelante a los alumnos. Pero lo que más sorprende no es ese esfuerzo, que siempre es necesario y nos hace crecer cada día, la mayor sorpresa es cuándo y de qué manera aquello que en un principio era la tarea más bella del mundo, se tornó en aburrimiento, desilusión, hastío, decepción, impaciencia y cansancio. Y aun a riesgo de equivocarme y parecer un tanto simplista, lanzo esta pregunta: ¿En qué momento dejamos de afilar nuestro hacha?

En ocasiones, olvidamos algo súmamente importante: el valor sagrado que posee cada persona. Pues ocurre, que los educadores no estamos ante una clase, un grupo, un ciclo, un centro educativo: sino ante alguien único e insustituible por su infinita dignidad, ante una persona que pide ser amada por sí misma, educada de forma personal, de corazón a corazón. Y es en ese corazón donde descubrimos a nuestro maestro interior que nos recuerda que en cada alumno y alumna nos lo jugamos todo.

 

Había una vez un escritor que vivía a orillas del mar; donde pasaba temporadas escribiendo y buscando inspiración para su libro.

Una mañana mientras paseaba a orillas del océano vio a lo lejos una figura que se movía de manera extraña como si estuviera bailando. Al acercarse vio que era un muchacho que se dedicaba a coger estrellas de mar de la orilla y lanzarlas otra vez al mar. El hombre le preguntó al joven qué estaba haciendo. Este le contestó:

- “Recojo las estrellas de mar que han quedado varadas y las devuelvo al mar; la marea ha bajado demasiado y muchas morirán”.

Dijo entonces el escritor: ”Pero esto que haces no tiene sentido.  Primero es su destino, morirán y serán alimento para otros animales y además hay miles de estrellas en esta playa, nunca tendrás tiempo de salvarlas a todas”.

El joven miró fijamente al escritor, cogió una estrella de mar de la arena, la lanzó con fuerza por encima de las olas y exclamó: “para ésta… sí tiene sentido”.

El escritor se marchó un tanto desconcertado, no podía explicarse una conducta así. Esa tarde no tuvo inspiración para escribir y por la noche no durmió bien, soñaba con el joven y las estrellas de mar por encima de las olas.

A la mañana siguiente corrió a la playa, buscó al joven y le ayudó a salvar estrellas…